De Miami a Bimini



Entre tantas ideas que se me ocurrieron para tratar de encontrar nuevas experiencias en el mundo de los viajes y, en ese momento, en el del buceo; deje que un aviso publicitario de la revista Scuba pasara de mis ojos a mis dedos. Así fue que un día de octubre, nublado, húmedo y con una llovizna que de a ratos se manifestaba estábamos caminando por uno de los muelles del puerto de Miami en busca de tres veleros iguales en los que partiríamos para un recorrido por Bahamas.

Caminamos un rato siguiendo indicaciones hasta llegar a los tres barcos, Sea Explorer, Morning Star y Pirate´s Lady. Tenían capacidad para poco mas de 20 pasajeros, con 20 metros de largo y dos velas enormes. Sabíamos a donde íbamos así que cuando llegamos a destino subimos directamente al Sea Explorer que era el velero que nos había tocado en suerte, nos recibieron muy bien, saludamos a los demás pasajeros, una mezcla de canadienses y norteamericanos del medio oeste. Reconocimos la cabina, las literas donde dormiríamos, cerradas independientemente por cortinas, una mesa grande de madera que hacia de centro de la sala, el baño y su ducha y la escalera que siempre se debe bajar de espaldas a los escalones para no golpearse la cabeza.

Afuera el clima fue cambiando. Haciéndose mas diáfano a medida que anochecía. El plan de navegación era salir de Miami a las 9, navegar toda la noche para estar temprano en Bimini y comenzar 5 días de buceo y paseo en las Bahamas. Así fue como empezó todo según lo calculado. A las 9 de la noche y después de que la tripulación se hubo asegurado de que estábamos todos y todo en su lugar salimos. La noche era profunda ya y a medida que nos alejábamos del puerto teníamos otra perspectiva de Miami, una diferente, desde el mar salpicado de innumerables luces azules, blancas, rojas, que delineaban el paisaje de fondo.

Un rato después de partir, no podría precisar cuanto porque entretenido con los perfiles de la ciudad luminosa que se iban desapareciendo, el tiempo se evaporó; comenzamos a sentir como el viento iba subiendo su intensidad

El mar se iba encrespando y los recuerdos de la radio avisando de un huracán que estaba rondando volvieron a mi cabeza, no parecía un día de huracán aunque debía aceptar que por la época del año era totalmente factible. No quise preocuparme y seguí en cubierta distrayéndome con la aventura de surcar el mar subiendo y bajando ondas saladas. Un rato después ya había comenzado a llover, primero suavemente y después con un poco mas de ganas. El aire seguía templado pero el agua que caía acercaba el frio. El viento se había propuesto ser mas y mas fuerte por lo que las olas eran cada vez mas altas. La noche ya estaba cerrada, las luces de la ciudad no se veían y eso solo significaba que cualquier vuelta atrás era imposible. Navegábamos por un verdadero océano, en un velero de poco mas de 20 metros de largo, acaballo de las olas que se volvían cada vez mas rebeldes y en una noche totalmente oscura. La luna nos había abandonado y ahí fue cuando sentí por primera vez una sensación conjugada de soledad y abandono. Sin embargo esos mismos sentimientos hacían fluir la adrenalina por lo que no sabemos que vendrá y la convicción de que el mundo es verdaderamente tan grande como se siente.

Ahí estábamos entonces avanzando a través del mar, desde Miami a Bimini, entrando sin remedio a una tormenta que de todas formas se nos venia encima. Bajo cubierta en los camarotes las luces ponían un poco de claridad al asunto y por mas que íbamos y veníamos de abajo arriba y de arriba abajo el resultado siempre era el mismo; el movimiento del barco estaba empezando a hacer su efecto en los animales de tierra que llevaba encima. En cubierta a combinación de lluvia, viento y el spray que dejaban las olas al chocar con la proa del barco convertía todo en la escena de una película. La tripulación estaba totalmente concentrada y enfocada en la navegación, el capitán se había acomodado detrás del timón y estaba firme ahí a pesar del agua que lo asaltaba de cuando en cuando, en el palo mayor, arriba, un reflector enorme era la única luz visible y marcaba el camino, mostrándonos la oscuridad del mar que venia, la altura de las olas que se acercaban.

No paso mucho tiempo para que estuviéramos cada vez mas adentro de la tormenta, la radio del barco repetía que era la “cola” de Lily, el huracán que se avecinaba y que si todo salía bien no llegaría a vérselas con nosotros. Me acerque como pude al capitán, tomándome de sogas, cables y partes del barco; pensando en no resbalarme y con el cuerpo inclinado hacia adelante para vencer la gravedad del barco que subía las olas y el viento que me empujaba, le pregunte a los gritos cuales eran los pasos a seguir, que nos esperaba y como sería el resto de la noche. No me respondió, ni siquiera me miró, seguía con la mirada fija en las porciones de horizonte que le daba el reflector del palo mayor. Me quede un minuto esperando algún gesto pero no lo hubo, entendí que no había tiempo para responder a mis preguntas en una situación de esas, me estaba volviendo cuando el oficial que lo asistía se apiado de mi necesidad de información y en ingles me dejo claro que seguramente ya estábamos en lo peor de la tormenta y que pronto saldríamos de ella, no había posibilidad de esquivarla solo podíamos atravesarla. Le pregunté si volveríamos a Miami y su respuesta fue tan clara como lógica, esa no es una opción –me dijo- la tormenta va hacia allá así que ahora solo podemos terminar lo que empezamos.

Me volví tambaleando a la escalera que bajaba a los camarotes y una vez abajo les explique a los que estaban sentados alrededor de la mesa, sosteniéndose como podían mientras la frutera colgante se zarandeaba de un lado a otro de la sala, que no volveríamos, que no había chances, que solo nos quedaba seguir adelante y esperar que escapáramos lo mas rápido posible de “Lily”. Uno de los asistentes del capitán bajo y nos entrego a cada uno un equipo impermeable plástico de un amarillo furioso, lo agradecimos porque sin dudas nos iba a hacer falta.

Un rato después mas de la mitad de los pasajeros no podíamos parar de vomitar sobre cubierta, de cara al mar, salpicados por la lluvia que ahora era mas intensa y el viento que había subido mas y mas. Las trepadas del barco sobre las olas que enfrentaba eran cada vez mas pronunciadas y los valles en que caíamos después eran un remanso de un segundo en donde el viento desaparecía.

Media hora después todos sin excepción, excepto la tripulación, se habían sumado al concierto de mareos, malestar y vómitos incontenibles, lo que había empezado como una situación incomoda, casi vergonzosa ahora se había convertido en algo tan incontrolable y generalizado que ya nadie miraba a nadie. Todos asomados a las borda del barco superábamos como podíamos la situación. Abajo algunos seguían en la misma situación, tratando de comprobar eso de que en el centro de gravedad del barco el movimiento es menor, pero con semejante tormenta solo habían puesto un balde enorme para quienes no pudieran resistir los 5 pasos que los separaban del baño. Nunca había sentido una sensación igual, las ganas de vomitar sin poder ya vomitar mas, el estomago hecho un nudo. Volví arriba porque estaba convencido de que el viento en la cara me hacía sentir mejor, aunque sabia que era solo la percepción de no verme encerrado. Una vez en cubierta vi que la situación claramente había empeorado. Las olas eran ya gigantes y golpeaban de todos lados, el viento era muy fuerte y potenciaba la lluvia que producía un golpeteo tan intenso en el plástico de los impermeables que parecían una multitud de ametralladoras disparando al unisonó. Ahí estábamos entonces, en el medio de un viaje sin retorno, navegando en un mar tan oscuro como la mas oscura de las noches, con millones y millones de gotas que caían de la nada y un viento tan intensamente fuerte que podía mover las masas de agua que se deslizaban debajo nuestro. El estoico reflector del palo mayor seguía firme luchando contra la negrura intensa de la tormenta solo que ahora el rayo de luz tenia un ciclo particularmente estremecedor. Primero podías ver el rayo de luz salir del reflector hacia el frente del barco, sin un cuerpo definido pero iluminando la lluvia y las gotas tan caprichosas que se volaban y formaban una cortina de agua en todas direcciones. A continuación el mismo haz se parecía al de un cine y como si fuera una pantalla lo que teníamos enfrente nos mostraba una pared de agua gigante que crecía y se nos venia encima. El barco ya no subía esas olas, simplemente (y por suerte) las atravesaba. La proa se hundía como un clavo gigante en el cuerpo de ese monstruo de agua y como si fuera un globo que explota, el mar nos invadía y nos pasaba, literalmente, por encima. El espectáculo valía la pena y tampoco tenia fuerzas para hacer otra cosa que mirar así que me tome firmemente de uno de los cables de acero que bajaba del mástil a cubierta y ate mi brazo izquierdo consciente de que no había mas nada que hacer que esperar a que esto terminara con o sin nosotros. La noche era eterna aunque no habían pasado más que un par de horas. Desde donde estaba miraba atrás tratando de descubrir las luces de Miami, aun sabiendo que era imposible. No dejaba de pensar que eso debía terminar en algún momento, no por miedo o temor a lo que nos podía pasar; ya habíamos dejado atrás eso, el miedo es una situación temporal, solo dura hasta que uno se acostumbra y se da cuenta de que el fin no es realmente lo que debe preocuparnos sino el camino hasta llegar a el. El malestar era tan intenso y la situación tan irremediablemente agobiante que solo pensaba en que si la salida de esa odisea era abandonar este mundo estaba cada vez mas cerca de aceptar el canje.

Las olas seguían pasando por encima de nosotros, el Sea Explorer estaba empecinado en no darse por vencido y avanzaba como podía perforando las paredes de agua que se ponían enfrente.

Así continuamos esa noche, balanceándonos, vomitando, dudando entre dejarnos morir o buscar la salida, en un momento de la noche totalmente agotado me desate y tomándome como pude de todas partes baje al camarote. Todos habían desaparecido, el caos reinaba, apenas pude acostarme en la litera que me tocaba y mientras me movía de un lado a otro, ya sin sentir nada, tuve la bendición de dormirme.

Me despertaron los diálogos de cubierta, éramos los últimos en despertarnos y cuando intentamos enderezarnos para comprobar que esa luz que entraba por la escalera era el sol tímido de la mañana, los músculos del estomago me hicieron recordar lo mal que la había pasado por la noche. Apenas moviéndome como pude subí a cubierta, todos desayunaban y yo no podía entender como lo hacían. Estábamos en Bimini, finalmente lo habíamos logrado. Me acerque al capitán que ahora sonreía, le pregunte como había terminado la noche, le dije que estaba convencido de que su experiencia había hecho la diferencia. Se sonrió y acercándose me dijo – Nunca había pasado por nada igual. Se paro y mientras se alejaba por cubierta me dijo – Ahora… a bucear!!

Pero esa es otra parte de la historia.

Te cuento del viaje. @marcelolopezcba. argentina
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